Evaluaciones estudiantiles: ¿”Volveremos a la normalidad” algún día?

Escrito el 24 Ago 20 por Ieva Raudonyte, Lynne Sergeant
Exámenes
Pruebas

 

El cierre de las escuelas como consecuencia de la pandemia del COVID-19 ha conducido a los países de todo el mundo a ensayar medidas innovadoras en sus sistemas educativos, incluyendo las formas de evaluación y calificación del alumnado. Esto suscita interesantes preguntas acerca del futuro de las evaluaciones estudiantiles en la época posterior al COVID-19.

En sus respuestas a la crisis, muchos ministerios de educación (MdE) han recurrido a una serie de estrategias ya existentes para preparar al alumnado para los exámenes y para llevar estos a cabo. Prolongar el año escolar, reducir el currículum para centrarse en lo esencial, organizar programas de aprendizaje acelerado y emplear evaluaciones estandarizadas para medir la pérdida en el aprendizaje son algunas de las medidas ya existentes que los países han tomado a gran escala para garantizar que el alumnado no deje de aprender.

Pero también se han implantado soluciones nuevas e innovadoras. Por ejemplo, el MdE de los Emiratos Árabes Unidos ha aprobado usar métodos de medición smart para evaluar el rendimiento académico de su alumnado. Se trata de emplear los últimos programas de inteligencia artificial para relacionar las evaluaciones con los procesos de aprendizaje smart. Países como Camboya, Estonia y Myanmar han confiado parcialmente en los exámenes online para hacer los exámenes finales. Queda aún por ver si estas soluciones se mantendrán en las futuras estrategias educativas nacionales, pero las lecciones aprendidas pueden contribuir a que los sistemas educativos sean más resilientes en el futuro.

No obstante, las soluciones que buscan sustituir los exámenes nacionales presenciales no están exentas de problemas, especialmente en lo que se refiere a la equidad. Los exámenes en remoto y virtuales pueden exacerbar las disparidades, no solamente cuando haya una brecha digital, sino también en los casos en los que el alumnado no tenga en casa un entorno de trabajo óptimo o su familia no pueda apoyarle en su aprendizaje.

Es posible que esta crisis haya también agudizado la urgencia de debatir sobre los méritos relativos de los exámenes decisivos finales frente a las evaluaciones continuas. Los resultados de una encuesta online entregada como parte de los debates apuntan a que las personas participantes creen que la crisis va a conducirnos a aumentar el empleo de la evaluación continua para decidir las calificaciones finales del alumnado.

Tanto quienes proponen la evaluación continua como quienes proponen los exámenes decisivos argumentan parcialmente a partir de la equidad. Quienes defienden la evaluación continua afirman que, cuando se aplican de manera regular a lo largo del periodo de escolarización, estas evaluaciones son más inclusivas porque minimizan la bajada potencial de las calificaciones en situaciones de crisis (World Education Blog, 20 de marzo de 2020). Quienes apuestan por los exámenes finales decisivos inciden en que los exámenes reducen el favoritismo, aumentando por lo tanto las oportunidades educativas para el alumnado procedente de entornos desfavorecidos (Liberman et al., 2020). Ponen en duda la validez de la evaluación continua debido a las dificultades de armonizar los procesos de aprendizaje y evaluación de los distintos distritos o de las distintas escuelas. Los sesgos potenciales a la hora de emplear las evaluaciones del profesorado o las calificaciones predictivas (que se emplean en muchos procesos de admisión cuando aún no están disponibles los resultados finales) en lugar de exámenes han sido puestos de manifiesto, por ejemplo, en Gran Bretaña, donde preocupa que los resultados de las evaluaciones estén vinculados a factores como el género, el origen étnico o el entorno socio económico y penalicen al alumnado con desventajas, a quien con frecuencia se le predice unas calificaciones que son inferiores a sus resultados reales (Ofqual, 2020). 

En último lugar, la crisis ha acelerado los procesos de toma de decisiones sobre políticas que habitualmente se consideran controvertidas. Las personas procedentes de Francia que participaban en el foro explicaron que este año se impuso la reforma que concede un peso mayor a las evaluaciones formativas en la calificación final del alumnado, cuando se cancelaron los exámenes finales. Cómo va a moldear esta crisis las políticas públicas en desarrollo es una cuestión que se merece una atención más detallada.

Puede que el cierre masivo de las escuelas haya creado una auténtica ventana de oportunidad para que se produzca un cambio, puesto que se han podido tomar decisiones educativas y probar nuevos enfoques que habría sido difícil implementar en el pasado. La nueva realidad también ofrece la oportunidad de reflexionar sobre por qué calificamos al alumnado. Las personas que participaron en nuestro foro apuntaron que los sistemas educativos tenían que centrarse en calificar el grado en el que el alumnado puede usar su conocimiento, más que su grado de familiarización con el contenido de los cursos. 

La crisis del COVID-19 ha puesto estas preguntas en primer plano. De los gobiernos nacionales depende que se susciten debates sobre los objetivos generales de la evaluación, y de ellos depende también decidir hasta qué punto son sostenibles las nuevas iniciativas de evaluación y si estas van a aportar beneficios a largo plazo para los y las aprendices.

Este artículo forma parte de una serie de Noticias Breves redactadas con ocasión del fórum online organizado por el Instituto Internacional de Planificación Educativa sobre “Planning and managing education in the context of COVID-19”, celebrado entre los meses de abril y junio de 2020, con el sostén financiero de Education Above All (EAA) y el Servicio de Instrumentos de Política Exterior de la UE (EU-FPI). La serie completa puede consultarse en la web de Education for Safety, Resilience and Social Cohesion.

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