Apoyar a las comunidades de aprendizaje durante y después de la COVID-19

Escrito el 06 Mayo 20 por Keith Holmes

Apoyar a las comunidades de aprendizaje durante y después de la COVID-19

Filosofía de la educación
Toma de decisiones en educación
Educación en situaciones de emergencia y para refugiados

 

Este post se publicó originalmente en el blog de NORRAG.

El autor analiza cómo han quedado en suspenso las interacciones y rutinas sociales habituales debido al cierre de las escuelas durante la COVID-19, creando así una nueva realidad a la que debemos adaptarnos. Su propuesta es que debemos invertir por anticipado, para así poder prepararnos para futuras crisis y situaciones de emergencia.

Según la UNESCO, 1.580 millones de estudiantes que deberían ahora estar en la escuela o en la universidad están en sus casas, lo que supone más del 91 por ciento del alumnado matriculado. 191 países han impuesto un cierre a escala nacional de sus escuelas y universidades.

Hace apenas unas semanas habría sido inimaginable pensar que tantos gobiernos le dirían a su alumnado que no acudieran a la escuela o a la universidad, que le dirían a sus trabajadores y trabajadoras que no asistieran a su puesto de trabajo si no era esencial. Su mensaje ahora es “quedaos en casa”.

Aunque los países están experimentando la pandemia de la COVID 19 de distintas maneras y en diferentes marcos temporales, hay una sensación en aumento de que la humanidad está unida en este momento. En general, las respuestas políticas nacionales parecen más convergentes que divergentes, incluyendo en el área de educación.

Estos cierres de escuelas generalizados revelan mucho acerca de lo que las sociedades piensan acerca de la educación y del papel de las escuelas en particular. Ideas como “ir al colegio” o “faltar a clase” o, sin duda, “cerrar las aulas” se refieren a los edificios en los que tiene lugar la enseñanza, y no a las personas que componen la escuela, la comunidad de aprendizaje. Bajo la COVID-19, con un apoyo adecuado, el alumnado y el personal educativo puede continuar enseñando y aprendiendo, aunque se encuentren físicamente separados.

La primera reacción impulsiva ante el cierre de las escuelas provocado por la COVID-19 fue, en buena medida, recurrir a las tecnologías de la educación. Para compensar por el cierre de los edificios escolares, la prioridad fue movilizar “soluciones de aprendizaje a distancia”. Alumnado, profesorado y familias o tutores rápidamente tuvieron que adoptar las tecnologías digitales para posibilitar la transferencia de los estudios basados en el currículo a los espacios virtuales y a los hogares, para minimizar la perturbación del aprendizaje y la enseñanza. Ya fuera mediante baja tecnología, programas de radio y televisión, o mediante aplicaciones móviles de alta tecnología, el objetivo era el mismo: construir entornos de aprendizaje que no dependieran de los edificios escolares.

Pero, no obstante, si la idea de “escuela” se hubiera concebido principalmente como las personas, es decir, como la comunidad de aprendizaje que forman alumnado, personal, familias y otros agentes implicados, y no como los edificios, las reacciones iniciales y subsiguientes podrían haber sido muy diferentes. En lugar de una respuesta material, tecnológica, ante los cierres, podría haber habido una respuesta más humanista, que priorizara las relaciones humanas y las necesidades en sentido amplio de la infancia, la juventud y las personas adultas sometidas al distanciamiento social. Apoyar la salud y el bienestar socioemocional del alumnado, el profesorado, las familias y otras personas, especialmente de quienes son más vulnerables, podría haber recibido una atención más inmediata que el aprendizaje basado en el currículo. La prioridad de contactar y comunicarse entre las escuelas, los hogares y las comunidades, así como proporcionar información y orientación, podría haber conformado la evaluación de las necesidades y las tomas de decisiones acerca de los servicios requeridos y sobre qué tecnologías había que emplear, si es que había que emplear alguna.

Bajo el distanciamiento social, los chicos y las chicas, la juventud y la población adulta, no solamente ven impedidas sus interacciones y rutinas sociales habituales, se ven obligados a adaptarse a nuevas circunstancias, en una amplia variedad de condiciones, con un apoyo social, emocional o psicológico mínimo. Las actividades extracurriculares y otras actividades sociales también se interrumpen. Muchos alumnos dejan de beneficiarse del menú escolar, de las instalaciones higiénicas o de otros servicios sociales y de salud a los que accedía previamente dentro de los edificios especiales. Los aprendices a quienes se les haya cancelado o pospuesto los exámenes han perdido un hito decisivo en sus vidas. La angustia ante los exámenes ha sido sustituida por la angustia ante la COVID-19, ante el futuro educativo y profesional y ante los planes de futuro. Todas las personas afectadas por esta crisis estamos experimentando, hasta cierto punto, una sensación de pérdida y, posiblemente, de luto.

En estas circunstancias, en las que el distanciamiento social es una medida preventiva temporal, la idea de “escuela” como una comunidad de aprendizaje puede ayudar a reformular el problema. El “problema” se convierte en cómo apoyar, a medio y corto plazo, las relaciones, el aprendizaje entre pares, el compromiso intelectual, los servicios y la sensación de pertenencia. Las soluciones pueden requerir más una continuidad que un cambio, garantizar que la escuela en tanto comunidad de aprendizaje sigue siendo un lugar activo y acogedor, inclusivo, saludable, que usa las tecnologías adecuadas, incluyendo la radio comunitaria, la televisión, el teléfono y los servicios de correo postal.

Allí donde los sistemas educativos han estado ya invirtiendo en construir comunidades de aprendizaje, fomentando altos niveles de confianza dentro de la comunidad escolar, el compromiso y el apoyo de las familias, como es el caso de las escuelas comunitarias de la ciudad de Nueva York, apoyar el aprendizaje durante y después la COVID-19 podría ser más factible que en otras situaciones. En tanto miembros de comunidades de aprendizaje, los y las estudiantes han forjado relaciones mutuamente enriquecedoras y han aprendido destrezas y valores, como aprender a aprender, la empatía y la solidaridad, que desafían la prueba del tiempo. Los roles pueden cambiar, pero aprendices, profesorado, familias y otras personas con fuertes redes y capital social pueden imaginar juntas cómo apoyar a unas pujantes comunidades de aprendizaje –y unos procesos de aprendizaje– en el transcurso de una crisis. En tales contextos puede haber un riesgo menor de desvinculación y “abandono” cuando vuelva a abrirse el edificio escolar. No obstante, donde ya existe una gran distancia social y cultural entre la “escuela” y la “casa”, las comunidades de aprendizaje formal pueden ser más débiles y tener una resiliencia menor. En esas situaciones, se necesitará un mayor esfuerzo para mantener la comunicación y para sostener las relaciones, especialmente con los grupos menos favorecidos.

La crisis de la COVID-19 es cualitativamente diferente de otras situaciones de emergencias como conflictos, huracanes, terremotos o incendios forestales. Su escala tampoco tiene precedentes. Reducir el énfasis en el entorno físico o virtual y aumentar el foco sobre las personas y sobre el desarrollo de destrezas sociales y emocionales imprescindibles, incluyendo la empatía y la solidaridad, podría resultar una estrategia de supervivencia para apoyar las comunidades de aprendizaje durante y después de la COVID-19. Invertir en comunidades de aprendizaje podrían reforzar la resiliencia con vistas a otras crisis y situaciones de emergencia.

Cuando en el futuro el mundo recuerde 2020 habrá mucho de lo que aprender unos de otros. Las respuestas educativas ante la crisis tienen la capacidad de cambiar los sentidos, objetivos y valores de la “escuela” y podrían ayudar a conformar unos futuros más humanistas para la educación y para el aprendizaje a escala mundial.

Nota del autor: las ideas y opiniones expresadas en este blog son del autor; no son necesariamente compartidas por UNESCO ni comprometen a la organización.

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